TARDES CLOROFILA

Esas tardes en las que mi madre y mi hermana se iban de compras y yo me quedaba en casa de mi abuela, olían a menta. Estas pasaban en el balcón, con mi abuela fumando fortunas mentolados en cadena: uno, otro… Otro. A veces temía que pudiera darle una sobredosis de frescor y no sé, que estuviera hablando tan normal y de pronto empezará a vomitar hojas de eucalipto por toda la casa, poniendo el suelo perdido.

Pero no, nada más lejos. Fumar le hacía bien. La convertía en una estrella antigua, tipo Gene Tierney; acercándose el pitillo a la boca y alejándolo, boqueando como una lubina fuera del agua, con sus elegantes y largas uñas de esmalte chino.

Alguna de esas tardes, solo si no había dado mucho el coñazo, me dejaba fumar con ella. Aunque más que eso, lo que me hubiera gustado de verdad es tener una Super-8 y grabarla e ir diciéndole en aquellos atardeceres de clorofila: «Chica menta, mira a cámara, muy bien… Sonríe un poco, no seas sosa… Chica menta, aquí».

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