DEBE EXPULSARLAS

Es una verborragia, le soltó el médico sin apartar los ojos de la radiografía.
¿Es grave? Ha empezado en el estómago. Lo está llenando de palabras, si no la detenemos pronto, inundará sus pulmones.
Toni se levantó de la silla. Se acercó hasta la radiografía. Un montón de palabras en blanco y negro resplandecían sobre aquel cuadro luminoso. Estaban agolpadas, mezcladas, una sopa de letras, pero pudo descifrar algunas.
—Melifluo, limerencia… Pero estas palabras no son mías. ¡Ni tan siquiera sé qué significan! ¡¿Cómo han podido llegar hasta ahí?!
—Debe expulsarlas.
—Y si no lo hago…
—Morirá. Se sorprendería si conociera cuántas personas mueren al día por no decir lo que tienen en el estómago.

 

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COSAS DE MAL GUSTO

– Esa gente que tiene revistas en el baño.
– El maquillaje de las cajeras de Mercadona inspirado en Drácula de Bram Stocker.
– Leer en el metro un libro que pone “Cómo vivir con un pene descomunal”.
– Ser informático y decir en tu trabajo que tienes sexo.
– Menstruar con tus compañeras de oficina.
– El patriarcado.
– El heteropatriarcado.
– Raquel Bollo.
– Entrar en un chino y decir: “holal”.
– Las parejas que anuncian los geles frío/calor Durex.
– Ser árabe y dejar una mochila en Atocha.
– El tratamiento de El Mundo respecto las noticias de Echenique.
– Esa gente que lleva el tabaco, el móvil y las llaves en la mano.
– Tous.
– El amor. He visto a las torres más altas caer y volverse guiñapos, infraseres subyugados y ávidos de un wasap que les salve. A todos nos pasa.

 

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CREO QUE ESTOY MUERTO

Empezaré confesando algo que me cuesta la misma vida: creo que estoy muerto. Y digo creo, porque no lo sé.
No quiero decírselo a nadie por no dar un disgusto. El otro día mi madre, se derrumbó sobre el sofá y sopló “Estoy muerta”. La miré de reojo, barrunté contárselo, pero no pude.
Esto es un sinvivir. El otro día fui al supermercado y las puertas no se me abrieron. La cajera me miró desde dentro con esa típica superioridad que tienen los vivos. Mira, me entraron ganas de enterrarme en el jardín de mis vecinos.
A veces pienso que mi sobrina de dos años sospecha algo. Cada vez que me duermo la siesta, deja sobre mi pecho las flores de plástico que hay en el recibidor.
El problema, como siempre, es la duda. Recuerdo que conducía por la A3 y llovía y todo viene difuminado, sin enfoque ni contornos, como si hubiera pasado frente a uno de esos cristales oscuros donde las cosas se reflejan, pero no del todo, como si se estuvieran formando en ese momento.
Tengo la sensación de que toda la vida que tuve pasó delante de uno de esos cristales.
Tengo que hablar con Pedro Sánchez.

 

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LA BÚSQUEDA DE ALLEN

Todas las historias son una búsqueda. Pero esta lo es un poquito más.
Esta es la historia de cuando busqué a Anna Allen, esa actriz de Cuéntame que falseó su vida y nos engañó a todos, colocando su cara en importantes alfombras rojas, taquillazos y producciones en los que no había estado jamás.
La historia empieza con alguien liándose un porro, un word abierto que no consigue escribirse, un reloj girando al contrario y proponiendo una loca campaña protagonizada por Anna Allen a un cliente que, contra todo pronóstico, acaba comprando.
Durante una semana entera, una compañera y yo estuvimos buscando a la actriz. Los huellas de Allen se perdían en Austria y entre varios caseros a los que debía dinero. Su representante la insultó, su familia nos colgó y algunos amigos también la estaban buscando. Girábamos en círculos y decidimos parar.
Pero todo esfuerzo inútil lleva a la melancolía, y mi historia con Allen es una historia de transferencias y conexiones. Allen vive repudiada, en un asilo impuesto por sus mentiras y el engaño colectivo. Aunque lo que de verdad no se perdona a Allen es que photoshopeándose a sí misma nos photoshopeara a todos, que pusiera su cabeza en nuestros hombros. Su Instragram era el de todos, una abstracción, un brillante resumen generacional, un capítulo de Black Mirror.
La búsqueda de Allen es también la del amor. Durante una temporada, salí cada sábado buscando el amor. No lo encontré, pero la búsqueda resultó interesante.

 

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I´M NOTHING

¿Qué sería de Sergio Dalma sin Bailar pegados?
¿Qué sería de L´Oreal sin Porque yo lo valgo?
¿Qué sería de Cuatro sin First Dates?
¿Qué sería del feminismo sin Scarlett O’Hara?
¿Qué sería de las moscas si las plantas carnívoras se hicieran veganas?
¿Qué sería de la Navidad sin las camisetas interiores del Primark?
¿Qué sería de una manifestación del 15M sin perros?
¿Qué sería de mí, luz de mi vida, halógenos de mi pasillo, bombillita de este flexo que me alumbra, sin ti?
¿Qué sería del VIH con políticos que no fueran psicópatas?

 

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PEDRO FINGÍA NO SER PEDRO

Aquí vemos a Pedro Sánchez fingiendo no ser Pedro Sánchez. Fingiendo que no ha perdido dos elecciones, fingiendo que sonríe, fingiendo que los puñales que lleva en la espalda apenas molestan y que a su derecha pone futuro. Aquí vemos a Sánchez fingiendo estar en una rueda de prensa cuando en realidad está en su cama con la cabeza bajo la sábana.
Ayer mismo yo fingí ir a una reunión. Fingí oír el despertador, fingí levantarme de la cama, entrar en un bar, fingí pedir un café. Luego fingí entrar en la sala y tomar notas. Fingí algunas palabras huecas que volaron como astillas por la habitación y que haría el guion. Fingí que merecía lo que se me iba a pagar porque –fingía- sé escribir.
Susana Díaz finge que el PSOE no es de ella. Finge que no manda, finge que es de izquierdas y que milita en el PSOE, cuando, Susana, solo milita en ella.
Pero no seamos duros. La ficción es la versión pulida de la monocorde realidad y la verdad, solo un momento de lo falso. Fingir es a menudo un acto de generosidad. Los mejores orgasmos los regalé mientras fingía los propios.

 

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LO QUE ES VUESTRO

La hostia a MrGranBomba no atraviesa caras, sino generaciones. Porque esta hostia no es a un youtuber, sino a todos.
Es la hostia que nunca dimos a esos becarios que encuentran la gracia a snapchat, que no soñaron la fama efímera de gh sino la del instagramer y que no crecieron con el cuquismo de Farmacia de Guardia, sino bajo el puterío y la fantasía de Ana y los Siete.
Ese hostión que les pegarías cuando te dicen expresiones tipo “ni tan mal” o “indie del coño”, que estuvieron 5 horas de cola para la inauguración de un Primark y que no saben qué es Twink Peaks, Melrose Place, Mari Cielo Pajares, el ritmo de la noche o el milenarismo va a llegaaaaaar, pero sí el Tumblr de Dulceida.
Todas esas hostias, a todos esos becarios, que nunca sabrán lo que es esperar al sábado para pillar porque siempre tuvieron Tinder, que te miran con cara de asco y extrañeza cuando pronuncias algo en inglés y que te recuerdan, solo con su presencia, la frase de ese peliculón que es Showgirls: “Siempre hay alguien más joven y hambriento bajando detrás de ti por las escaleras”.
No es una hostia, es un manifiesto catódico, un grabado ruprestre, nuestro discurso de jubilación, el epitafio que nos pondremos cuando dejemos este mundo en sus manos. Aunque siendo sincero, después de la hostia, les diría esto: No dejéis que las generaciones pasadas maten lo que es vuestro, porque es justo esa rebeldía lo que hace que el mundo avance. Y oye, ni tan mal.

 

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REBELDÍA

Por un tema del trabajo hoy he investigado sobre la anorexia y he acabado en unos blogs ProAna y ProMía, que para quien no lo sepa, son comunidades de anoréxicas y bulímicas donde se aconsejan y reivindican su enfermedad.
Al principio solo ves un grupo de locas: echa jabón en la comida, utiliza un tetabrik vacío para escupir la comida en él cuando estés en la mesa y que nadie se dé cuenta.
Pero a medida que vas pinchando y avanzando en su mundo, tu visión cambia. Son algo más que anoréxicas o bulímicas, de hecho, a estas las expulsan. Ellas tienen discurso y rebeledía y la delgadez es solo la trinchera desde la que luchan contra una sociedad que consideran más enferma que ellas.
Todas – todos- están empachadas de una historia de bullying, de abandono, de abusos, que necesitan vomitar. Son un marxismo de la delgadez, un budismo basado en el placer del rechazo. Rechazan la comida con la misma violencia con la que ellas fueron rechazadas.
No quieren adelgazar, les importa una mierda estar guapas. Solo reivindican su derecho a reducir sus problemas a la mínima expresión, y el principal problema en su vida siempre fueron ellas. No quieren estar delgadas, quieren ser esencia, ángeles, líquido, ceniza. Dios.
Se encuentran en hashtags que cambian, que desaparecen, que mutan. En un Instagram rabiosamente feliz y cuqui, la enfermedad es motivo de vergüenza y persecución. Y esto me ha jodido.

 

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EL ANUNCIO DE LA LOTERÍA, ¿UN REFLEJO DE TODOS?

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– Todos hemos sido la abuela cuando nos gustaba alguien que pasaba de nuestra cara y el pueblo nuestros amigos, que hacían como que no.
– Todos hemos sido el pueblo en una reunión a las 9 de la noche haciéndole creer al jefe que acaba de tener una brillante idea para poder irnos a casa.
– La abuela es completamente Fabra y el pueblo el de Castellón.
– Todas las madres han sido el pueblo cuando nos pusieron los brackets.
– Melendi es la abuela cuando canta una canción que acaba de componer a su familia y amigos.
– Todos hemos sido las mujeres de la fábrica cuando hemos salido a la calle ante cualquier jaleo a ver qué se cocía.

A ESO O NADA

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Cuanto más se alejaba, la cuerda que nos unía más apretaba. Cuanto menos aire, más firme era mi decisión de no deshacer el nudo nunca.
«Acércate —me dice—, así mis golpes serán más fuertes». Y entonces como siempre yo me acerco, con la patita tendida.
«Enséñame tus heridas». Me quito la camiseta y se las señalo con el dedo. Aquí, aquí… y aquí… «Bien, será justo ahí donde apretaré más fuerte». Yo asiento.
Y sigo desnudándome. Me quito los pantalones, los zapatos, los calcetines, mientras le muestro el mapa de mis talones de Aquiles y descubro mis peores cartas sobre la mesa, sabiendo que esta partida hace tiempo que la perdí.
Pero es eso o nada. Es dolor o ausencia.
A la típica pregunta, yo siempre contesté que prefería vivir arrodillado.
No es un final perfecto. Pero sí un final feliz.